A mediados de 1356, el vidente Giancarlo Piamontesi predijo, para sorpresa de todo el mundo, la fecha de su propia muerte: doce de enero de 1357. Nadie dudó de él: a lo largo de sus setenta años de vida había realizado pronósticos acertados a largo y corto plazo, y así se había ganado el respeto del vulgo y de los altos estratos de la sociedad italiana.
Piamontesi anunció que aquella había sido su última predicción y que se refugiaría en su casa a esperar el fin. Una vez divulgada la noticia, muchos lo lloraron como si ya hubiera muerto y muchos más se congregaron frente al hogar de Piamontesi para reclamar una última profecía sobre el destino de Italia, pero él hizo caso omiso.
En los meses que transcurrieron entre la predicción y el temido doce de enero, nadie olvidó al oráculo. Todos lo seguían amando y deseaban, secretamente, que este fuera su primer vaticinio errado: querían que su vidente siguiera vivo.
El doce de enero, a las seis y media de la mañana, Giancarlo Piamontesi terminó de preparar la pócima que no dejaría rastros en su organismo. Bebió de la copa y tres horas más tarde murió. Junto al cuerpo encontraron una hoja con un mensaje que nadie entendió: “La Verdad se puede ajustar”.