Casi nadie recuerda ya su vida ni su muerte, pero fue famoso durante dos días en un pueblo de Guatemala. Su nombre era Enrique Celoria y ostentaba un récord excepcional.
Celoria era famoso por su destreza para las manualidades. Era un carpintero magnífico, el mejor del pueblo y probablemente del país entero. Como decidió cuidar a toda su numerosa familia, nunca tuvo demasiado dinero y su vida fue muy humilde, lejos de la ciudad y de un empleo un poco mejor. Trabajaba doce horas por día en su taller. Sus manos eran tan rápidas y precisas que a veces la gente se acercaba a verlo en acción; él decía, con indiferencia, que mientras no lo molestaran ni lo interrumpieran, no había problema.
Un día, ante la mirada de dos niños, Celoria dio comienzo a su mito de forma accidental. Mientras martillaba, una mosca se posó sobre su brazo izquierdo y con una rapidez sobrehumana el carpintero soltó el martillo y aplastó al insecto con la palma de la mano derecha.
Los pequeños quedaron pasmados: rápidamente transmitieron lo sucedido a todos sus amigos y familiares, y en unos días Celoria ya era objeto de curiosidad de toda la ciudad. Todos se acercaban a verlo trabajar, pero en realidad esperaban que aparecieran más moscas. Y aparecieron. Y todas ellas murieron a manos de Enrique, que en unos meses se había convertido en una especie de superhéroe.
Un día apareció el ermitaño del pueblo con un tarro lleno de moscas y desafió a Celoria a que las matara a todas. El carpintero, orgulloso, aceptó el reto y procedió a cerrar el taller para que las moscas no se escaparan.
Ese día, cuarenta y dos apretujados guatemaltecos y yo fuimos testigos de algo único. Un hombre mató, con una sola mano, a ciento cincuenta y cinco moscas en menos de un minuto y medio.
Celoria era famoso por su destreza para las manualidades. Era un carpintero magnífico, el mejor del pueblo y probablemente del país entero. Como decidió cuidar a toda su numerosa familia, nunca tuvo demasiado dinero y su vida fue muy humilde, lejos de la ciudad y de un empleo un poco mejor. Trabajaba doce horas por día en su taller. Sus manos eran tan rápidas y precisas que a veces la gente se acercaba a verlo en acción; él decía, con indiferencia, que mientras no lo molestaran ni lo interrumpieran, no había problema.
Un día, ante la mirada de dos niños, Celoria dio comienzo a su mito de forma accidental. Mientras martillaba, una mosca se posó sobre su brazo izquierdo y con una rapidez sobrehumana el carpintero soltó el martillo y aplastó al insecto con la palma de la mano derecha.
Los pequeños quedaron pasmados: rápidamente transmitieron lo sucedido a todos sus amigos y familiares, y en unos días Celoria ya era objeto de curiosidad de toda la ciudad. Todos se acercaban a verlo trabajar, pero en realidad esperaban que aparecieran más moscas. Y aparecieron. Y todas ellas murieron a manos de Enrique, que en unos meses se había convertido en una especie de superhéroe.
Un día apareció el ermitaño del pueblo con un tarro lleno de moscas y desafió a Celoria a que las matara a todas. El carpintero, orgulloso, aceptó el reto y procedió a cerrar el taller para que las moscas no se escaparan.
Ese día, cuarenta y dos apretujados guatemaltecos y yo fuimos testigos de algo único. Un hombre mató, con una sola mano, a ciento cincuenta y cinco moscas en menos de un minuto y medio.
Y a la semana murió, ya no recuerdo cómo, y el pueblo se puso a mirar televisión otra vez.


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada