01/12/2009

El lugar del otro

Aquella noche nos sentamos en el sillón verde a eso de las diez. Le permití a Pedro elegir las dos películas que veríamos, consciente de que corría el gran riesgo de dañar mi vista y mi selecta filmografía personal para siempre. Pero por suerte me sorprendió y decidió que viéramos Persona por cuarta o quinta vez y Mulholland Dr. En realidad, vimos primero la película de Lynch y luego la de Bergman.
Ya bastante entrada la madrugada, tras unas cuatro horas frente al televisor, dimos inicio al juego de todos los jueves. Nunca tuvimos un nombre para él y creo que sería inútil bautizarlo, pues de todos modos siempre hay que explicárselo a la gente que no lo conoce (es decir, casi todo el mundo).
Las instrucciones son las siguientes: dos personas se sientan frente a frente, cada uno con una birome y algunas hojas y, durante aproximadamente una hora, cada participante escribe lo que cree que el otro está pensando en el preciso instante en que uno escribe. Al cumplirse el tiempo, se lee en voz alta lo que cada uno redactó y el otro le revela cuánto de verdad y acierto hay en lo que se ha tratado de adivinar.
El juego no tiene ganador, ni premio, ni realmente un objetivo claro. Sólo se trata de ponerse en el lugar del otro.
Sucedió aquella madrugada algo bastante particular: cuando había transcurrido media hora, el rostro de Pedro comenzó a palidecer. Yo estaba escribiendo como un maniático cuando de repente levanté la vista y noté cómo su piel se tornaba blanquecina y luego comenzaba a arrugarse. Le pregunté si estaba bien pero no contestó. Seguía escribiendo. Su mano izquierda desapareció por completo de un momento a otro, sin dejar rastro de existencia, pero a él no parecía importarle. Ya asustado de verdad, me puse de pie y lo observé detenidamente, petrificado por el miedo. Sus pómulos se hincharon y luego se deformaron, de forma tal que la cara de Pedro era totalmente irreconocible y apenas si podían verse sus ojos. Su rostro era repugnante. De sus labios brotaba sangre a raudales que salpicaba la hoja donde ya no escribía sino que garabateaba.
Horrorizado, pero ahora decidido a actuar, le grité, lo insulté y hasta lo golpeé. Al fin reaccionó; me dijo, mirando al piso, que se sentía mal y necesitaba ir al baño. Su voz era grave y parecía venir desde algún lugar muy profundo. Se fue dando pasos inhumanamente lentos. Mientras caminaba del living al baño un brazo se desprendió de su cuerpo súbitamente. La sangre que seguía saliendo de su boca ahora era acompañada por dientes y muelas que producían un sonido enloquecedor cuando tocaban el piso. Pero nada parecía alterar su exasperante andar mortecino.
Finalmente llegó al baño. Yo seguía helado, con una mezcla de terror, ira y tristeza perturbadora. Cerró la puerta y permaneció allí unos veinte minutos.
Cuando salí del ensimismamiento, me avisó que ya se había cumplido la hora. Empezó a leer sus notas y cuando iba más o menos por la mitad, describió a la perfección todo esto que yo había imaginado mientras escribía. Pedro es mucho mejor que yo en este juego, aunque no pensemos en términos de ganador y perdedor. Sabe muy bien lo que es ponerse en el lugar del otro.

18/10/2009

Haciendo tiempo

Caminaron hasta la parada del colectivo en silencio; el partido los había dejado un poco mal.
—Hago tiempo con vos mientras esperás el colectivo— le dijo Martín a Pablo.
—Dale.
Estuvieron unos minutos callados, pero, como todos sabemos, el 110 puede tardar bastante en llegar, así que finalmente los amigos decidieron hablar. Y hablaron sobre muchas cosas. Fútbol (revivieron el partido, se indignaron por las mismas decisiones del árbitro), mujeres (Pablo había conocido a una chica "muy interesante" el día anterior), obligaciones (Martín trabajaba en una oficina, Pablo estudiaba periodismo), familia (cada uno contó lo mismo con otras palabras).
Se dieron cuenta de que la charla los había absorbido, pero el colectivo no había venido. Finalmente, Martín concluyó que había hecho tanto tiempo que decidió regalárselo a Pablo para que su amigo pudiera irse caminando tranquilo a la casa de sus padres sin llegar tarde.

17/10/2009

Una de zombies

Una masa informe avanza por la ciudad con fuerza incontenible. Miles y miles de seres que solían ser humanos ahora dominan las calles. Es domingo en la mañana y la metrópolis se ve cubierta por la niebla y la garúa.
Los pocos humanos que siguen vivos ya lo han intentado todo; y todo ha fracasado. Ya no se puede intentar hablar con los enemigos, pues han perdido el sentido común y la capacidad de razonamiento. Se estima que para la noche la derrota será total; ya no hay vuelta atrás. No hay forma de luchar contra ellos: el derecho al sufragio es universal.

La persecución ya había terminado; la vida salía de dos cuerpos para darle paso a la Muerte. Los ojos del contrincante ya no veían y en ellos no se reflejaba la tenue luz emanada por el sol rojo. Los ojos de él todavía se movían en busca de algo o alguien ausente, aunque por momentos se cerraban y él se preguntaba si volverían a abrirse.
La vio llegar a ella; pensó que tal vez venía a despedirse. Sus labios recibieron un último beso, tan cálido como los de aquella noche al refugio del árbol, pero amargo por ser el último.
Abrió los ojos y ya no estaba. Tal vez nunca había estado, pensó. Los pensamientos y los recuerdos y la imaginación ya estaban entrelazándose, listos para fusionarse y no separarse nunca más. Los ojos vieron el sol una vez más, ese sol rojo, cálido, tan distinto al sol del amanecer, pero igual de hermoso e imponente. Después, la sangre y el sol y el césped y su destino se unieron: todo era rojo.

Sintió los pasos que seguían a sus pasos y supo que no era su sombra. De reojo vio que esa otra figura se acercaba, amenazante, negra, trayendo tanta muerte como la Muerte misma. Mas él no desesperó, pues había andado este camino antes. Se detuvo por un momento y acarició su propio rostro, como despidiéndose de él mismo. Sintió su barba de pocos días, sus cicatrices de algunos meses, sus arrugas de varios años.
Recordó, antes de girar para enfrentar a su némesis, aquel dedo brillante, culpable de este momento. Pero no lo recordó con rencor ni arrepentimiento. Él había viajado hasta allí a buscar paz y la había encontrado, por una noche al menos, y luego la perdió, como siempre. Suspiró. Dio media vuelta. Había llegado la hora.

28/09/2009

Brillos (3)

Los despertó la luz del amanecer; sus ojos se abrieron lentamente y se encontraron una vez más frente a frente, casi hipnotizados. Ella lo abrazó y volvió a sumirse en un sueño frágil.
Él la miró: los pies descalzos y pequeños, las piernas suaves, el resplandor del cabello que lo obligó a entrecerrar los ojos. Observó que una de sus delicadas manos también brillaba; se habían terminado los días de paz: los problemas finalmente lo habían vuelto a encontrar. Pero ahora no importaba, ya habría tiempo para escaparle a la muerte una vez más. Ahora sólo le importaba estar recostado contra el árbol, los ojos contemplando los distintos brillos que lo rodeaban (el pasto, el cabello, el dedo, y la fuente de todos ellos, el sol) y su cuerpo sintiendo ese abrazo que lo llenaba de la paz perdida hacía años.

Cuando yo era chico mi padre me contaba historias de tiempos muy remotos, de cuando el mundo era completamente diferente y la gente pensaba de otra manera. Siempre me consideré un afortunado por escuchar estos relatos, pues mi papá era uno de los pocos inmortales que lograron sobrevivir a la extraña enfermedad que azotó al planeta el siglo pasado. Pero a pesar de la gran alegría que sentía cada vez que él me contaba un cuento, a veces desconfiaba de los sucesos que él narraba con tanta seguridad. Tal vez este escepticismo fue lo que encendió mi curiosidad y me hizo el historiador que soy el día de hoy.
Una noche mi padre me sentó junto al fuego y me dijo que me iba a contar una historia muy especial, de la cual él era, de alguna forma, protagonista (en realidad, si la memoria no me falla, dijo que era un personaje satélite, pero para mí él siempre fue el más importante). Mi intriga era inmensa y el silencio de mi padre tras este anuncio no hizo más que acrecentarla.
La historia era la siguiente: hace muchísimos años, cuando mi padre todavía vagaba por los continentes sin rumbo fijo, forjó una gran amistad con un hombre de una zona (en aquel entonces llamado país) denominada Argentina. Desgraciadamente (y esto me lo contó con lágrimas entre los ojos), su amigo pereció en una isla, en medio una guerra de su país contra otro. Al enterarse de esto, mi padre navegó hacia la isla de inmediato, y tras varios días de investigación, averiguó dónde se encontraba enterrado su amigo.
Había allí dos cruces. Bajo una de ellas estaba enterrado el argentino y bajo la otra un inglés (en ese momento deduje que era alguien del bando enemigo; mi padre nunca entró en detalles al respecto). Frente a la tumba del hombre inglés había otro hombre, con la misma mirada de desolación que mi padre. Según él me dijo una vez, los inmortales se reconocen entre sí, y los dos se dieron cuenta de que estaban en presencia de un par. Los dos hombres que lloraban la pérdida de un amigo encontraron una nueva amistad, que duraría añares.
Tras aventurarme a investigar en detalle todos los sucesos narrados por mi padre hace ya bastantes años, he decidido que esta historia merece ser llevada a la inmortalidad del papel, y luego esta extensa introducción, comienza aquí la historia titulada “Juan López y John Ward”:

Les tocó en suerte una época extraña.
El planeta había sido parcelado en distintos países…

22/09/2009

Encuentro (2)

Llevaba varios días en el pueblo y pasaba desapercibido, tal como lo deseaba. Aquí nadie sabía de sus masacres, de sus fugas, de su crueldad. Quería dejarlo todo atrás, estaba arrepentido y jamás volvería a recorrer ese camino, pero ¿quién lo entendería? No había tenido más opción que el exilio.
El encuentro se produjo una mañana y fue el principio del fin: él caminaba tranquilo, sin nada particular que ocupara sus pensamientos; ella retornaba apresurada a su casa, con demasiadas cosas aún por hacer. Ambos se detuvieron: los ojos se encadenaron y tras el primer roce de la piel ya no hubo vuelta atrás. El encuentro se produjo a la mañana y duró hasta la mañana siguiente.

21/09/2009

Sol rojo (1)

Su sangre manchaba el pasto al brotar violentamente de la carótida: le quedaban segundos de vida. Se le hicieron largos esos últimos instantes, en los que rememoró cómo había llegado a este cruel final. Tal vez lo merecía, tal vez no. Pero era lo que tenía.
Por unos momentos sus ojos se fijaron en el sol, que ya estaba a punto de despedirse. Bajaba a gran velocidad ahora. La luz del sol rojo no le dañaba la vista; el color de su sangre espesa se confundía con el tono del atardecer.
Con el rabo del ojo vio al otro hombre que yacía cerca de él. Dio uno de sus últimos respiros y volvió al momento en que comenzó todo, al principio del fin. Allí estaba una vez más; ¿podría cambiar las cosas?

17/09/2009

La cuarta pared

En el escenario la acción había alcanzado el clímax. El protagonista y el villano estaban cara a cara y el inminente duelo a muerte paralizaba a los espectadores. Sacaron sus armas y dispararon: la bala del joven héroe hirió de muerte al malhechor y la otra bala se convirtió en un tiro perdido… o eso creyeron todos. Pues, en realidad, el plomo atravesó la cuarta pared y la destruyó, y el rufián pudo, con sus últimas energías, asesinar a Abraham Lincoln.